4/01/2017

Aquel Domingo de Resurrección (era un 27 de marzo de 1513), unos vientos portantes de fácil cabalgar habían llevado a Juan Ponce de León y sus naves a las costas de Florida; la historia europea del hoy país más poderoso de la tierra acababa de comenzar y la bandera de España ondearía ininterrumpidamente durante más de tres siglos en aquellos pagos. Si los norteamericanos conocieran a fondo sus orígenes europeos, deducirían con facilidad que el famoso “sueño americano” no era otra cosa que la herencia del sueño español.

Algo mas de cincuenta años después, un marino inusual, militar singular, explorador que en un catálogo de adelantados ocuparía la cabecera, Pedro Menéndez de Avilés, fundaría la ciudad más antigua de EEUU, San Agustín.

El principio de la gloria imperecedera se le revela en un lance en el Golfo de Vizcaya cuando le echa el guante al más famoso pirata francés de la época

Curiosidades estadounidensesEste hombre único en la historia de España por sus increíbles dotes y logros, por su impecable brillantez en la adaptación e interpretación más elástica de la estrategia a un territorio tan hostil y cambiante, con un currículum impresionante de hazañas militares, asesor de Felipe II por méritos propios –literalmente, una maquina de demolición de la incipiente piratería en el Caribe– sentó sus reales en América un buen día cuando se bajó de la fragata que lo llevaba a Florida y sin previa presentación la lió parda a unos 200 km del espectacular fuerte de San Marcos ante una crecida colonia de hugonotes franceses en Fort Caroline a los que puso en fuga en dirección a la futura Canadá. Estos fuguistas, intrusos de religión protestante, hacía un año que se habían instalado en la zona bajo el mando de René Goulaine y huían de las sangrientas guerras de religión francesas. Aliados con los indios locales, se dedicaron a atacar los asentamientos españoles sin una declaración de hostilidades previa.

Historia de un marino precoz

Hijo de una muy prolífica familia de veinte hermanos donde al parecer lo horizontal tenía un papel destacado, y a muy temprana edad, el arrapiezo empezó a despuntar apuntando maneras. En un despiste materno, se dio a la fuga y embarcó como grumete en Santander para perseguir a la piratería francesa, que hacía su agosto en el Cantábrico. Más tarde se doctoró en las técnicas de camuflaje más sofisticadas haciendo pasar sus barcos por inocentes mercantes cuando avistaban corsarios o piratas con malas intenciones, técnica esta que elevaría a la categoría de arte.

La historia de este elemento de la naturaleza es por sí misma sobrenatural. Tenía el chiquillo una oreja más larga que la otra a causa de los arreones que su cabreada madre le aplicaba. No contento con su primera escapada, dos años después (tenía 16, ojo al dato), se hace con un veloz patache en el que embarca a varios miembros de su familia rendidos a su persuasivo encanto. Ni corto ni perezoso, se dedica al corso contra el francés con tan buena fortuna que las gentes de costa se convierten en accionistas de sus correrías y el reparto de dividendos está asegurado.

El sello que certifica su pase definitivo a la fama lo consigue cuando emprende la travesía atlántica hacia Florida y funda San Agustín

Pero el principio de la gloria imperecedera se le revela en un lance en el Golfo de Vizcaya cuando le echa el guante al más famoso pirata francés de la época, Jean Alphonse de Saintonge. Ofreciéndole una rendición honrosa, el galo se pone farruco y pasa a mejor vida tras una certera estocada aplicada con impecable puntería por nuestro héroe. Carlos I entra en trance ante tamaña gesta y lo llama a capítulo para que en el año 1554 lo lleve a Flandes, otorgándole la dirección de la flota imperial.

Correrías en América

Los primeros planes de navegación ordenada e inteligentemente planificada en la que sería la flota de Indias devienen en un sistema de convoyes protegidos para hacer frente a la piratería. Es una de las aportaciones más importantes a la historia naval que incluso con el tiempo llega a ser modelo en las escuelas navales europeas hasta bien entrado el siglo XX. Su gran mérito radica en compilar, sistematizar y detallar por escrito un modelo naval que regirá durante cerca de dos siglos en la famosa Carrera de Indias.

Pero el sello que certifica su pase definitivo a la fama lo consigue cuando tras emprender el 29 de junio de 1565 la travesía atlántica hacia Florida, el adelantado desembarca en un fondeadero natural de buen acomodo en la desembocadura del río San Juan donde construyen un fuerte que ha pasado a la historia en San Agustín. Dos siglos más tarde, por avatares del destino y tras el pacto de París, el más famoso fuerte de EEUU pasaría a manos inglesas sin que se disparara una sola bala. Pero no tardaría en volver a manos españolas, pues en 1781, de nuevo durante las terribles ofensivas de Gálvez, en apoyo de la naciente nación americana, caería en manos de aquel brillante militar. San Agustín sería cedida en 1821 a cambio de cinco millones de dólares y la promesa posteriormente incumplida de que se respetarían las posesiones españolas en Texas. Ya se sabe, la notoria mala memoria del “amigo americano”.

Tras gobernar desde Cuba todos los territorios aledaños con una eficiencia digna de un convento de monjas, el emperador más grande del orbe conocido le llamó a El Escorial para que le asesorara en los asuntos de Indias haciéndolo con su proverbial eficacia y metodismo. Pero todo se acaba… El hombre que marcó una época estaba hecho de materia caduca.

Tomó posesión de la naciente escuadra en los albores de su génesis. En un momento nuestro hombre se desvaneció entre dos de sus capitanes

Felipe II tenía una obsesión que lo poseía y embargaba hasta el tuétano: la invasión de Inglaterra. Varias expediciones castellanas lo habían conseguido en los siglos XIV y XV, pero a él se le resistía este magno proyecto.

En un escenario idílico, rodeado de verdes prados y con un incuestionable sabor marinero, en Santander, allá por el año 1574, tomó posesión de la naciente escuadra en los albores de su génesis. Las salvas en su honor y el rugir de los cañones atronaban aquel día la ciudad norteña. Más de trescientas velas y cerca de 20.000 hombres entrenaban y hacían preparativos. En un momento dado, nuestro hombre se desvaneció entre dos de sus capitanes. En vano se le intentó recuperar para la realidad. Hay quien dice que murió de un infarto intestinal infrecuente; otros, por el agotamiento ante tan alto grado de compromiso.

Salvo en política, los hombres de España siempre fueron gigantes.// El Confidencial

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